“Cayo Largo” y el macartismo

Uno de los títulos imprescindibles del cine negro es Cayo Largo; y no porque la dirigiera John Huston (lo cual, de por sí, es garantía de que estamos ante una excelente historia), sino porque reunió a los talentos más extraordinarios del cine americano de los cuarenta en una de las películas más emblemáticas del cine negro. Marc Lawrence, Lionel Barrymore, Monte Blue, Edward G. Robinson o Claire Trevor, son algunos de los nombres que dieron vida en la pantalla a Cayo Largo, destacando, sin embargo (como no podía ser de otra forma), la interpretación de Humphrey Bogart junto a Lauren Bacall. Efectivamente, además del “morbo” que siempre despierta el ver a Bogart junto a Bacall en la pantalla, hay que recordar que esta fue la última película en la que coincidió el matrimonio, por lo que no deja de tener su aquel.

Cayo Largo

Todo se fraguó en una de las tantas cenas entre John Huston y los Bogart, en la cual, entre plato y plato, y ya en eso de las copas, convinieron los tres en rodar un clásico del cine negro que terminaría estrenándose el 16 de julio de 1948. Así, Cayo Largo se convertiría en la cuarta película en la que Huston dirigiría a Bogart, tras El halcón maltés (1941), Across the Pacific (1942) y El tesoro de Sierra Madre (1948); posteriormente vendrían La Reina de África (1951) y La burla del Diablo (1954).

A primera vista podría parecer que la relación entre Huston y los Bogart iba sobre ruedas: cenas íntimas, fiestas, Bogart como actor fetiche de Huston, …; sin embargo, la realidad discurría por otros derroteros. No es que se llevaran a matar ni nada por el estilo, pero sí que había una cierta tensión como consecuencia de, digamos, algunas “diferencias políticas”. Efectivamente, y aunque los tres eran más rojos que el tomate, lo cierto es que el macartismo comenzaba a hacer mella en las relaciones personales en el mundo del celuloide de aquellos años: Bogart era la estrella más rutilante de la Warner por aquel entonces y, sabedor de lo que se jugaba, reculó ante la espiral a la que estaba llegando la llamada “caza de brujas” del senador McCarthy, lo cual no hizo especial gracia a un John Huston más comprometido en la causa izquierdista que los Bogart. En cualquier caso, en aquella cena decidieron limar asperezas y poner en marcha el proyecto que culminaría en Cayo Largo, en el cual embarcaron también a Edward G. Robinson, quien comenzaba a notar en su nuca el aliento del macartismo por sus tendencias izquierdistas de juventud, lo que implicaba el consiguiente declive de su carrera a los 53 años (hasta algunos han llegado a decir que decidieron rodar la película para darle algo de trabajo a Robinson y evitar así que se hundiera en la miseria del olvido, lo cual, aunque realmente hubiera sido así, fue una grandísima idea).

Basada en la obra de teatro del mismo nombre estrenada en 1939 por Maxwell Anderson, en Cayo Largo John Huston, además de dirigir, metió bastante mano en el guión que estaba elaborando Richard Brooks, una mezcla de la que salió la obra maestra que nos ocupa y en la que hay no pocas referencias políticas encubiertas contra el macartismo, como, por ejemplo, el hecho de que el personaje del mafioso Rocco (interpretado por Edward G. Robinson) fuera anticomunista. En cualquier caso, esas referencias no impidieron que Claire Trevor se llevara el Óscar a la mejor actriz de reparto por su magistral interpretación de la amante alcohólica de Rocco y que, en general, la película fuera aclamada por público y crítica. Tampoco impidió la ideología de Huston que se convirtiera en la estrella de la misma ceremonia de los Óscar en la que fue premiada Claire Trevor, ya que Cayo Largo y El tesoro de Sierra Madre coincidieron aquella noche de 1949, recibiendo Huston la estatuilla al mejor director por esta última.

Hay quien dice que a Cayo Largo le falta el ritmo de otras películas de John Huston, lo cual es cierto, aunque ello debríamos encuadrarlo en el mensaje pesimista que nos pretende transmitir el director en un momento en el que el macartismo lo aplastaba todo en Hollywood, siendo un claro ejemplo de ello la frase que pronuncia Bogart: “Cuando tu cabeza te dice una cosa y toda tu vida te dice otra, la cabeza siempre pierde”.


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