“Los tres días del Cóndor”

Sí; el cine estadounidense de los años setenta me encanta.

Esta década vio explosionar a un importante grupo de directores que, amamantados en los clásicos de Hollywood, recibieron también importantes y decisivas influencias europeas. El aspecto ideológico de una sociedad norteamericana convulsa hizo el resto.

Los tres días del Cóndor

De entre ese grupo de directores destacó sobremanera Sydney Pollack, quien, por aquel entonces, gozaba de bastante renombre en la industria del cine estadounidense por obras como Danzad malditos, danzad, El nadador (una verdadera obra maestra y que es más recomendable ver en nuestros días, ya que la hipocresía y estupidez humanas que refleja son intemporales) o Las aventuras de Jeremías Johnson. Sin embargo, quizás para muchos, su auténtica obra maestra fue Los tres días del Cóndor, de 1975.

Sí; para muchos (entre los que me encuentro), Los tres días del Cóndor es su mejor película, una verdadera obra maestra. Un thriller en el que el misterio y el suspense beben directamente del maestro Alfred Hithcock, adaptando en esta película numerosos recursos que utilizara el británico en títulos como El hombre que sabía demasiado o Con la muerte en los talones: un desconcertado protagonista se ve envuelto en una trama de la que era totalmente ajeno en un principio; dicho protagonista carece de información acerca de los motivos que lo envuelven en la desesperante historia en la que se ve inmerso; y, por su parte, el espectador tampoco goza de más información que el atribulado protagonista.

Con el “chico de oro de Hollywood” como protagonista (Robert Redford, por supuesto), una inconmensurable Faye Dunaway, y un magistral Max von Sydow, en Los tres días del Cóndor cada plano es esencial y cada fotograma resulta indispensable para entender y, cómo no, disfrutar una película llena de detalles, en la que cada escena se saborea desde principio a fin.

Misterio, suspense, acción, y alguna que otra tórrida escena de amor entre Redford y Dunaway, son el cóctel que, combinado, da como resultado una de las mejores películas de la historia, con un director polifacético como fue Sydney Pollack y que, muchas veces, no ha sido valorado como debiera.

En fin, una obra maestra que, sin efectos especiales ni más zarandajas, atrapa al espectador sin más artificio que una buena dirección, la mejor interpretación, un guión perfecto y una fotografía magistral.


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