“Los crímenes de la calle Morgue”

Algunos dicen que Los crímenes de la calle Morgue es el primer relato de detectives de la historia; o, al menos, el primer relato que reúne las características actuales del género, siendo, por tanto, el precursor del mismo.

Los crímenes de la calle Morgue

Escrito por Edgar Allan Poe, y publicado en 1841 por la revista de Filadelfia Graham’s Magazine, además de las notas características de la novela policíaca, contiene los inconfundibles tintes del género de terror: luz; tinieblas; un terrorífico enemigo cercano, aunque desconocido; la brutalidad que rompe con la tranquila cotidianidad; y, por tanto, el miedo hacia algo que sabemos que está cerca, pero que no podemos ver, a lo que contribuye el hecho de que la historia que nos relata Poe está basada en un hecho real.

Efectivamente, Poe se basa en hechos reales (aunque de forma bastante libre) para introducirnos en una atmósfera de terror en la que la cuestión detectivesca, con los años, ha ido perdiendo importancia en favor de los aspectos más tenebrosos de la historia, en la que el autor es capaz de sumergirnos en la inquietud y desazón propias de género de terror, dando lugar a uno de los relatos más largos que escribiera el escritor estadounidense.

Ambientada en el París decimonónico, Los crímenes de la calle Morgue es una de esas obras imprescindibles que nos retrotrae a esos tiempos en los que el día y la noche quedaban perfectamente delimitados, quedando meridianamente separados el mundo de la luz del de las sombras. Esos tiempos en los que, cuando el sol caía, las inseguridades de unas inocentes sociedades, amamantadas en lo cortés y el decoro, daban paso a la desconfianza y, en ocasiones, al terror más absoluto.

Calle Morgue

Sí; aunque suene a algo muy manido, su lectura (corta, por lo demás) resulta indispensable para los amantes del género de terror. Por ello, aquí os dejo un fragmento de Los crímenes de la calle Morgue:

“Encontrándome en París durante la primavera y parte del verano de 18…, conocí allí a Monsieur C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una excelente, o, mejor dicho, ilustre familia, pero por una serie de adversos sucesos se había quedado reducido a tal pobreza, que sucumbió la energía de su carácter y renunció a sus ambiciones mundanas, lo mismo que a procurar el restablecimiento de su fortuna. Con el beneplácito de sus acreedores, quedó todavía en posesión de un pequeño resto de su patrimonio, y con la renta que éste le producía encontró el medio, gracias a una economía rigurosa, de subvenir a las necesidades de su vida, sin preocuparse en absoluto por lo más superfluo. En realidad, su único lujo eran los libros, y en París estos son fáciles de adquirir.

Nuestro conocimiento tuvo efecto en una oscura biblioteca de la Rue Montmartre, donde nos puso en estrecha intimidad la coincidencia de buscar los dos un muy raro y al mismo tiempo notable volumen. Nos vimos con frecuencia. Yo me había interesado vivamente por la sencilla historia de su familia, que me contó detalladamente con toda la ingenuidad con que un francés se explaya en sus confidencias cuando habla de sí mismo. Por otra parte, me admiraba el número de sus lecturas, y, sobre todo, me llegaba al alma el vehemente afán y la viva frescura de su imaginación. La índole de las investigaciones que me ocupaban entonces en París me hicieron comprender que la amistad de un hombre semejante era para mí un inapreciable tesoro.

Con esta idea, me confié francamente a él. Por último, convinimos en que viviríamos juntos todo el tiempo que durase mi permanencia en la ciudad, y como mis asuntos económicos se desenvolvían menos embarazosamente que los suyos, me fue permitido participar en los gastos de alquiler, y amueblar, de acuerdo con el carácter algo fantástico y melancólico de nuestro común temperamento, una vieja y grotesca casa abandonada hacía ya mucho tiempo, en virtud de ciertas supersticiones que no quisimos averiguar. Lo cierto es que la casa se estremecía como si fuera a hundirse en un retirado y desolado rincón del Faubourg Saint-Germain.”

Ale, y el resto ya os lo trabajáis vosotros (je, je, je), que la cultura tiene un valor y hay que rascarse el bolsillo.


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