“El nombre de la rosa” y la novela histórica de misterio

Quizás sería injusto decir que ya no se hace buena novela histórica de misterio, lo cual, además de injusto, desde luego sería incierto. Sin embargo, sin temor a equivocarme, sí que podría afirmar que ya no se hace novela histórica de misterio como antes.

El nombre de la rosa

Algunos coincidiréis conmigo (sin duda otros no) en que uno de esos libros de cabecera dentro del subgénero de la novela histórica de misterio es El nombre de la rosa, de Umberto Eco; una novela de 1980 que supuso un paradigma en su género y al que ninguna otra, por ahora (en mi humilde opinión) ha podido igualar.

Es cierto que con anterioridad a El nombre de la rosa tenemos obras maestras que, sin lugar a dudas, podemos considerar superiores, como es el caso (en una pensada rápida, no exhaustiva, desde luego) de Yo, Claudio, la novela que en 1934 escribiera Robert Graves y que fuera seguida por su secuela (también de 1934 y del mismo autor): Claudio, el dios, y su esposa Mesalina. Sin embargo, a lo que aquí me vengo a referir es a la novela histórica de misterio de las últimas décadas; un período en el que, por la premura del tiempo, las listas de best sellers, el consumismo voraz y el no confesado nulo interés de las editoriales tradicionales por la calidad (más bien preocupadas por el pelotazo del famoso de turno que sale por la tele), se ha dejado de lado el cuidado por lo que se cuenta, negro sobre blanco, dando lugar a productos de una calidad menos que mediocre que proliferaron como setas al calor de la novela de Umberto Eco.

La verdad, no quiero decir nombres (bueno sí: El Código da Vinci) como ejemplos de esos bodrios que nacieron para emular paupérrimamente a El nombre de la rosa; verdaderos derroches de indigencia literaria que llegaron a lo más alto, simplemente por una excelente campaña de marketing (hoy día sigue ocurriendo lo mismo, no os vayáis a creer, con novelas editadas por los más prestigiosos sellos hasta con faltas de ortografía y todo), siguiendo la estela de la novela de Eco. Efectivamente, tras El nombre de la rosa devino un páramo desolador (salvo honrosas excepciones), como si la novela de Umberto Eco hubiera sido un postrero canto de cisne tras el cual se hubiera impuesto la mediocridad.

No es que la novela de Eco haya estado exenta de críticas (que las ha tenido, también justificadas, por cierto), pero lo que no se puede negar al autor es que, tras la historia de misterio que encierra el libro, hay un buenísimo trabajo de documentación (con también algunas licencias históricas que no empañan el relato), así como una serie de mensajes que van más allá de un plano e insulso discurrir de los acontecimientos.

Llevada al cine con la película del mismo nombre en 1986, bajo la dirección de Jean-Jacques Annaud (bastante mejorable, aunque es lo que suele ocurrir en estos casos), El nombre de la rosa nos traslada a una Europa medieval llena de tensiones políticas y religiosas que se reproducen en una lóbrega abadía benedictina de la Italia septentrional, todo envuelto en el pesado y oscuro ambiente de una Edad Media tan propicia para este tipo de relatos, siendo precisamente en este aspecto sobre el que hace hincapié la película, lo cual desmerece, en cierto modo, los demás afilados y bien labrados perfiles de la novela que, desde luego, van mucho más allá de un simple relato detectivesco en mitad de los Alpes.

Si no has leído El nombre de la rosa y te apasiona la novela de misterio, ya estás haciendo tarde para leerla (si ya la leíste hace años, nunca está de más volver a leerla); quizás, después de hacerlo, muchas de las cosas que hoy te venden como “novela histórica de misterio” no te lo parezcan ya tanto. Sin duda, habrás dado un paso adelante.


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