“El exorcista”, de William Peter Blatty

Lo bueno que tiene para una novela que la lleven al cine es que su título estará en boca de todos; lo malo, sin embargo, es que casi nadie la leerá. Eso es lo que ha ocurrido precisamente, con el pasar de los años, con El exorcista.

El exorcista

Escrita en 1971 por William Peter Blatty, fue llevada al cine dos años después, bajo la magistral dirección de William Friedkin y la producción del mismísimo Blatty. Una película que marcó un antes y después en el cine de terror, pero que, sin embargo, quizás llegó a enterrar en el olvido a la novela de Blatty.

Todos conocemos el argumento de El exorcista, precisamente por la película de 1973, y a su protagonista, la niña Regan MacNeil, quien es poseída por el diablo en una historia en la que la lucha entre el bien y el mal, de la mano del exorcismo que los sacerdotes Damien Karras y Lankester Merrin llevan a cabo para salvar a la niña de las garras de Lucifer en la ciudad de Georgetown, constituye el hilo de la trama. Sin embargo, pocos conocen el caso real que dio origen al libro de William Peter Blatty.

Efectivamente, El exorcista se basa en un hecho real ocurrido años atrás y que publicara The Washington Post en 1949. En aquel caso, el protagonista no fue una niña, sino un niño de catorce años de Mount Rainier, Maryland, llamado Robbie Mannheim (nombre falso para proteger la identidad del niño), quien, tras la autorización del obispo de su diócesis, fue sometido a un exorcismo por parte del padre Albert Hughes en el hospital jesuita de Georgetown, a quien atacó Robbie con un trozo de madera, provocándole lesiones importantes en el brazo en medio del rito, lo cual obligó a intervenir a otros exorcistas posteriormente.

Todo empezó cuando el niño escuchó unos ruidos en el sótano, tras lo cual comenzaron a producirse una serie de extrañas situaciones: una representación de Jesús en el cuarto de la abuela se torció y se empezó a mover como si alguien golpeara la pared desde atrás; días después, falleció una tía de Robbie muy aficionada a la ouija, al igual que también lo era el propio niño. Posteriormente, comenzaron una serie de fenómenos paranormales: el colchón de la cama de Robbie se movía de forma violenta en plena noche; los ruidos desde el sótano eran constantes; un olor a excrementos inundaba toda la casa; y diferentes objetos comenzaron a flotar en el aire.

El exorcista

Ante tales hechos, la familia pidió ayuda a un pastor luterano, quien se atemorizó tanto que aconsejó que acudieran a un exorcista católico para que se hiciera cargo del caso. Fue entonces cuando intervino el padre Albert Hughes, sustituido después por el padre Raymond Bishop y el padre William Bowdern, quienes, durante tres meses, llevaron a cabo una serie de exorcismos que casi terminan con la vida del niño. De pronto, un día apareció la palabra «salida» en su cuerpo y, al día siguiente, con la misma velocidad con la que habían surgido, terminaron los sucesos y el niño volvió a su estado normal.

Para explicar el caso se intentaron buscar diferentes explicaciones, si bien los médicos nunca hallaron una respuesta definitiva a unos síntomas que motivaron la intervención de la Iglesia católica.

Con aquellos mimbres, William Peter Blatty construyó una de las obras más emblemáticas del terror, que se plasmó después en una de las mejores películas de este género, la cual, cuarenta y cinco años después, continúa aterrorizando como lo hizo cuando se estrenó, con aquel Tubular Bells de Mike Oldfield que te estremece hasta el tuétano.

No me cabe la menor duda: seguro que has visto la película. Sin embargo, si no has leído el libro, te lo recomiendo encarecidamente, ya que te adentrarás en los detalles de un hecho real que, por exigencias de metraje, se omiten en la película y que son verdaderamente escalofriantes. Además, no es lo mismo ver una película de terror, con tus palomitas y todo eso, que leer un libro en la oscuridad de la noche, dejando que tu imaginación dé rienda suelta a tus terrores interiores. Atrévete.


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