Stephen King: “El hombre que muere millonario muere fracasado”

Aunque la frase que encabeza el titular de este artículo no es de Stephen King (en realidad es de J. P. Morgan), sí que la empleó en una entrevista que le hizo al diario El País cuando viajó a París en 2013 para promocionar su novela Doctor Sueño; una frase que define a la perfección la personalidad y el modo de conducirse en la vida del escritor de Maine.

Stephen King

Nacido un 21 de septiembre de 1947, el pasado domingo cumplía setenta y dos años, luciendo unas estupendas facultades en uno de los momentos más dulces de su carrera, en la que, por fin, le llega el reconocimiento que, durante décadas, la gran crítica le negó, algo que, sin embargo, jamás pareció importar a un Stephen King siempre más preocupado por sus “lectores constantes” que por agradar a la impostada élite literaria.

Sin embargo, Stephen King nunca lo tuvo fácil, y no solo en el terreno de lo literario: su padre abandonó el hogar familiar cuando solo tenía dos años de edad, por lo que su madre, Nellie King, tuvo que sacar adelante una familia de tres (ella, el propio Stephen King y su hermano mayor David) sorteando para ello no pocos problemas financieros. De su padre ausente apenas recuerdos (por no decir ninguno), salvo una herencia en forma de libros y otros escritos (algunos de su propio padre) que marcaría el destino del pequeño Stephen: una caja llena de libros y relatos, entre los cuales estaban algunos de H. P. Lovecraft, que fueron devorados por el pequeño King.

No obstante, a pesar del poco dormir y del mucho leer, a diferencia de lo que le ocurriera a don Alonso Quijano, no se le secó el seso al joven Stephen Edwin King, sino que, bien al contrario, a la tierna edad de doce años, sentenció que su futuro estaba en ser escritor, y vaya si cumplió aquel profético propósito desde que publicara la novela que lo lanzó al estrellato en 1974: Carrie. De aquel año, tan solo lamenta que su madre muriera solo dos meses antes de que se publicara la novela que marcaría el imparable camino hacia el éxito del maestro del terror, un éxito que, sin embargo, muchos han querido emponzoñar con críticas de lo más manidas.

Efectivamente, si ha habido un escritor en nuestros tiempos especialmente criticado ese no ha sido otro que Stephen King. El propio escritor de Maine recuerda que, al principio de su carrera, en vista de la cantidad de libros que vendía, la crítica solía decir: “Si eso le gusta a tanta gente, no puede ser bueno”. Desde luego, una frase que encierra el desprecio más absoluto que la crítica siente hacia los lectores, empeñada siempre en decirle a la gente qué es lo que tienen que leer y qué es, para ellos, “literatura”. Sin embargo, el tiempo y su obra ha terminado por dar el reconocimiento que se merecía a King, hasta por parte los más “exquisitos” cenáculos de las letras, como ocurrió cuando le otorgaron la Medalla de la National Book Foundation en 2003, algo impensable años atrás para un autor que la crítica catalogaba despectivamente como “popular”.

Con más de sesenta obras en su haber, Stephen King ha cerrado muchas bocas en su larga y prolija vida literaria, si bien es cierto que algunas de sus novelas son realmente mejorables, algo que el propio autor reconoce sin reparos, lo cual es precisamente una de las características del escritor estadounidense: su humildad. Efectivamente, King es uno de esos tipos sencillos, a los que no se ha subido a la cabeza la fama, comprometido políticamente y que no olvida sus orígenes humildes; hasta tal punto llega su sencillez y compromiso que, preguntado en aquella entrevista de 2013 por el tema de los impuestos, respondió:

Todo el mundo debería pagar impuestos según sus ingresos. A mí me gusta pagarlos solo para buenas causas, y no para sufragar guerras en Iraq, que fue la más estúpida del mundo. En ese sentido, encarno el sueño americano, aunque sin un Cadillac.”

Y, en la misma línea, preguntado acerca de en qué lugar de la literatura estadounidense quedará Stephen King, responde:

“Es difícil saberlo. No sé si hay vida después, aunque no creo. Pero si quedara algo similar a la conciencia, lo último que me preocuparía es saber si me lee o no la próxima generación. Dicho esto, cuando los escritores mueren, o sus libros se siguen publicando, o desaparecen. La mayoría desaparece. Quedan solo algunos, y esos son los importantes: Faulkner, Hemingway, Scott Fitzgerald, olvidado cuando murió y rescatado más tarde. En español, Cervantes, García Márquez, Roberto Bolaño, esos quedarán. Bolaño sabía tragar drogas y beber. Pero también sucede que queda la gente más rara: de Stanley Gardner, el autor de Perry Mason, quedó muy poco; pero no quedó nada de John D. McDonald, que era estupendo. Y apenas nada de John M. Cain, pero sí de Jim Thompson. Y, más extraño aún, queda Agatha Christie… Es decir, nunca sabes quién va a perdurar. Creo que los escritores de fantasía tienen más posibilidades de quedar. Y creo que, de mis libros, resistirán El misterio de Salems’ lot, El resplandor, It y quizá La danza de la muerte. Pero no Carrie. Y quizá también Misery. Esos son los imprescindibles para la gente que los leyó, pero no estoy nada seguro de que la gente siga pensando en mi trabajo cuando palme. Quién sabe. Somerset Maugham fue muy popular en su día. Ahora nadie lo lee. Escribió grandes novelas. Alguien le preguntó por su legado, y dijo: “Estaré en la primera fila del segundo rango”. Dirán eso de mí.”

Stephen King

Desde luego, hoy día podemos encontrar pocos escritores de éxito con esas hechuras y que, además, no se muerdan la lengua a la hora de criticar el cerrado y poco creativo mundo editorial tradicional, ya que, al ser preguntado acerca del libro electrónico y, en concreto, del papel de Amazon en el sector del libro, responde sin tapujos:

Amazon y el libro electrónico son fantásticos para los escritores. Si antes un editor decía no, era no. Ahora puedes editar tu libro y venderlo. Para los que llevamos tiempo en esto, es un mercado más. Antes había tapa dura, tapa blanda y audio. Ahora hay también libros digitales, que son maravillosos. Todo eso es formidable para los suministradores del material, que somos nosotros: siempre van a seguir necesitando historias. Es un problema para los editores, que siempre han sido los cancerberos de la calidad, pero muchos descubren en la red nuevos talentos“.

En fin, setenta y dos años recién cumplidos contemplan a quien muchos colocan en el pedestal de la literatura de terror junto a Poe y a Lovecraft, algo que para el autor de Maine podría ser excesivo; sin embargo, para quienes conocemos su obra, tal no sería para nada una afirmación descabellada. Además, un buen tipo como Stephen King, sin pretensiones ni dobleces, no me cabe la menor duda de que se lo merece.


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