“Muerte de un ciclista” en tiempos de cuarentena

Una de las cosas más tristes que puede vivir alguien es ver cómo va desapareciendo toda una generación. Peor aún es ver cómo desaparece de golpe, como consecuencia de algo que desafía totalmente nuestros esquemas.

Muerte de un ciclista

Así, de repente, y en un negro y trágico goteo, cada mañana nos desayunamos con que alguien que definió nuestro imaginaro cultural desaparece. Sí, alguien que quedó grabado de forma indeleble en nuestra memoria (en blanco y negro las más de las veces) se va, arrancado como de un zarpazo del árbol de los recuerdos del que penden las imágenes que fueron conformando nuestra personalidad y forma de ser. Sí, alguien como Lucía Bosè.

La verdad es que, para los más jóvenes, la Lucía Bosè de las últimas décadas podría no pasar de otro de esos personajes del corazón que desfilan por las revistas y los platós de televisión relatándonos sus vivencias de años pasados. Sí, una de tantas viejas glorias que nos cuentan las venturas y desventuras de su vida en entrevistas de lo más insustanciales y, en ocasiones, sórdidas. Sí, uno de esos personajes que languidecen en la mediocridad de los medios de comunicación actuales.

Sin embargo, esa señora de pelo azul que, de vez en cuando, desfilaba sobre el brillo del papel cuché y el artificio de los magacines televisivos, era muchísimo más de lo que nos mostraba el encorsetamiento de los medios. Bastante más, con una vida que daría para escribir cientos de libros, empezando por sus más humildes orígenes trabajando como dependienta en una pastelería, pasando por hacerse con el título de Miss Italia y llegando a, tras casarse con Luis Miguel Dominguín, convertirse en la matriarca del siempre apasionante y enigmático clan de los Bosé.

Y es en esa apasionante biografía de Lucía Bosè donde se enmarca su carrera como actriz, la cual, aunque corta, fue intensa, con títulos como La dama sin camelias, Roma, once horas y, desde luego, la inolvidable obra maestra de Juan Antonio Bardem Muerte de un ciclista.

Recuerdo que vi por primera vez la película de Bardem cuando era un crío (sí, aquellos años en los que los padres no hacían ni puñetero caso a lo de los rombos y en los que eso del “horario infantil” no era más que algo de ciencia ficción) y, la verdad, me marcó, como lo hicieron las películas de Hitchcock, a cuyo nivel coloco la cinta protagonizada por Lucía Bosè y el inolvidable Alberto Closas. Desde luego, uno de los grandes títulos (para mí) perfectamente encuadrable en el cine negro y el suspense de más alta calidad.

La historia versa sobre el romance furtivo entre un profesor de universidad (Closas) y su amante (Lucía), perteneciendo esta última a la alta burguesía española de los cincuenta, perfecto retrato de una sociedad en blanco y negro y en la que el adulterio era poco menos que un castigo divino. Pues bien, en uno de esos escarceos, tienen la mala suerte de atropellar a un ciclista, por lo que toda la trama versará sobre la ocultación del homicidio imprudente para que no se descubra el ilícito romance, una interesantísima dicotomía a partir de la cual Bardem desarrollará la trama de una película magistralmente interpretada por Alberto Closas y Lucía Bosè.

Como curiosidad para la primera película rodada por la italiana en España, decir que la censura de la dictadura impuso que el personaje interpretado por Lucía muriera, como una especie de castigo moral por su perversión de adúltera, lo que obligó a Bardem a cambiar el final previsto inicialmente. Quizá ello añada más morbo a una cinta que refleja a la perfección la sociedad y la cicatera moral de una España en la que la misa los domingos era casi obligatoria todavía.

Pues ahora que seguro tienes tiempo, no dejes de ver esta obra maestra del cine español. Ciertamente, el mejor homenaje que podemos rendir a Lucía Bosè, quien fue mucho más que esa diva que, erróneamente, nos mostraban los medios de comunicación en los últimos años. Sí, porque, la verdad, Lucía Bosè era todo menos una diva, lo que se resume en una de sus frases que viene que ni pintada para los tiempos que corren:

No creo en que las personas se vayan del todo. El físico desaparece, dejando un saco de mierda, pero el alma permanece“.


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