La inquietante clarividencia de Ray Bradbury en «Fahrenheit 451»

Decía Ray Bradbury, en febrero de 1993, en su prefacio a Fahrenheit 451: «Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al queroseno o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?».

Fahrenheit 451

Si has leído Fahrenheit 451 (y, si no la has leído, deberías hacerlo) sabrás que la historia se sitúa en la realidad distópica de una sociedad estadounidense del futuro en la que los libros están prohibidos y estos son quemados de forma institucional para evitar las ideas disidentes. La publicación de esta obra se encuadra en la época del macartismo, y fue en ese ambiente de persecución donde se catalogó el mensaje de esta novela cuando se publicó en 1953; sin embargo, años más tarde, tal y como refleja el prefacio que escribiera Bradbury en 1993, la distopía que dibuja el libro abarcará también al papel que tienen los medios de comunicación en el empobrecimiento cultural de la población, lo cual, sin duda, resulta realmente inquietante a la vista del panorama que nos ha tocado en suerte en la sociedad en la que vivimos.

Efectivamente, no hace falta que se quemen libros para que una sociedad caiga en el ostracismo intelectual y pueda ser dominada por el poder, sino que basta con que la gente no lea para producir el mismo efecto. Quizá lo primero sea malo, pero lo segundo, además de malo, resulta deprimente.

Así, en una sociedad de gimnasios a rebosar y bibliotecas vacías, y en la que el Decathlon se peta mientras las librerías languidecen, no extraña ver cómo en las reuniones de amigos te miran como un bicho raro si intentas colar en la conversación algo relacionado con esas cosas rectangulares con hojas de papel encuadernadas, como si con ello estuvieras profanando las sacrosantas conversaciones acerca de la cerveza, el fútbol y los coches. Sí, así es, por no hablar de aquellos casos en los que una argumentación documentada en algo que leíste en un libro vale menos que la opinión de un par de tertulianos de la televisión, conocedores del todo y expertos en nada, paradigmas de una sociedad del «lo ha dicho fulanito» como verdad absoluta. En fin, un verdadero ejemplo práctico de lo que Ray Bradbury ya apuntaba en su prefacio a Fahrenheit 451.

Cierto es que vivimos en una sociedad frenética, estresada y con apenas tiempo para nada, de ahí que el «no tengo tiempo para leer» sea la frase más recurrente en nuestros días para justificar los bajísimos niveles de lectura. Sin embargo, extraña ver ante ese argumento cómo hasta el gato no pierde la oportunidad de sentarse frente a la televisión hasta altas horas de la noche para deleitarse con lo más selecto en telebasura, lo cual, no obstante, no sería algo grave en sí mismo considerado, ya que, como se dice, «para gustos colores», a no ser que (como lo es) que la sociedad haya llegado a anestesiarse con ese tipo de contenidos, considerando la televisión del más bajo jaez como el único tipo de entretenimiento posible en las últimas horas del día.

Otro de los argumentos más manidos para no leer es el precio de los libros, lo cual sería admisible de no ser porque existe una cosa que se llama «bibliotecas», esos lugares donde miles de libros duermen pacientes en decenas de estanterías para ser leídos de forma gratuita mientras acumulan polvo. Pero, además, teniendo en cuenta que de un mismo libro pueden existir diferentes ediciones que lo llegan a abaratar bastante (de bolsillo, por ejemplo), por no hablar de las ediciones digitales que siempre son más baratas, quizá el motivo del escaso interés por la lectura en nuestros días se deba a que las preferencias de inversión de tiempo y dinero están encaminadas más al hedonismo que a la cultura, y eso a pesar de que a la gente se le llene la boca de lo importante que es cultivarse intelectualmente. En fin, hipocresía en estado puro.

Sea por el motivo que fuere, lo cierto es que la advertencia que nos hiciera Ray Bradbury en Fahrenheit 451 se está cumpliendo de principio a fin, con unos índices de lectura bajísimos entre la población que redundan en un aborregamiento que nos conduce de forma irremediable a ese futuro distópico que se nos representara en el libro que nos ocupa, y ello sin necesidad de que nadie queme libros de forma institucionalizada. Tal vez ello explique muchas de las cosas que ocurren en la sociedad actual.


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